Por qué llevo años renovando un dominio sin usarlo — y qué dice eso sobre cómo tratamos nuestras ideas

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Cada año, en algún momento entre mayo y junio, recibo el mismo correo. El asunto dice algo como «Tu dominio vence en 30 días». Y cada año, sin pensarlo demasiado, hago clic en renovar. Pago. Cierro la pestaña. Y sigo con mi día como si no acabara de comprarme otra vez doce meses más de promesa incumplida.

Llevo haciendo esto con stellecreativa.com desde hace más tiempo del que me gustaría admitir.

No es que no sepa qué quiero hacer con él. Es peor que eso: sé exactamente lo que quiero hacer. Tengo el concepto claro. Tengo ideas de posts guardadas en cuatro aplicaciones distintas. Tengo fotografías sin publicar, reflexiones a medias, un par de borradores que empiezan bien y terminan en nada. Y aun así, año tras año, el sitio permanece en blanco. O peor — con un «coming soon» que ya nadie actualiza.

Al principio creí que era perfeccionismo. Que necesitaba tener el diseño ideal, la paleta correcta, una estrategia de contenido sólida antes de publicar una sola palabra. Eso es lo que nos decimos, ¿verdad? Que no estamos listos todavía. Que falta un poco más.

Pero con el tiempo me di cuenta de que no era perfeccionismo. Era algo más complicado y más honesto: le tenía miedo a que la idea, una vez publicada, dejara de ser perfecta.

Una idea guardada puede ser todo lo que quieras. Una idea publicada ya solo puede ser lo que es.

Mientras stellecreativa.com existía solo como un dominio renovado, podía ser cualquier cosa. Un blog de viajes. Un estudio creativo. Una publicación sobre marketing y estética. Un portfolio. Todo al mismo tiempo, sin contradicción. Publicar habría obligado a elegir — y elegir habría significado renunciar a todas las versiones que no elegí.

Hay algo seductor en mantener una idea en ese estado de potencial puro. No es pereza, aunque se parezca. Es una forma de protegerla.


Trabajo en marketing desde hace más de quince años. He construido campañas, lanzado productos, desarrollado estrategias de contenido para organizaciones grandes y pequeñas. Sé, en teoría, exactamente cómo se lanza algo al mundo. Conozco los frameworks, los embudos, los calendarios editoriales.

Y aun así, cuando se trata de algo mío, de algo que no tiene cliente ni deadline ni KPI que justifique su existencia más allá de que yo quiero hacerlo — se me va todo ese conocimiento por la ventana.

Creo que es porque cuando trabajamos para otros, el fracaso no es nuestro. Si una campaña no funciona, es una campaña que no funcionó. Pero si lo que falla es un proyecto que nació de nosotros, de nuestra curiosidad, de nuestra voz — entonces el fracaso se siente personal de una manera que ningún resultado de negocio puede replicar.

Entonces renovamos el dominio. Y lo dejamos en blanco. Y eso se siente seguro.


La pregunta que me hice este año, cuando llegó el correo de renovación, fue diferente. No me pregunté si estaba lista. Me pregunté qué estaba esperando exactamente.

¿Más tiempo? No — tengo el mismo tiempo que siempre. ¿Una señal? ¿Un momento en que de repente todo encaje? Eso no existe. Lo sé porque también existe en el trabajo de verdad, y también lo esperamos, y también nunca llega.

Lo que entendí es que renovar el dominio sin usarlo no era un acto de fe en la idea. Era, sin darme cuenta, una forma de aplazarla indefinidamente con la ilusión de que no la había abandonado. Pagaba doce dólares al año para sentir que seguía comprometida con un proyecto que en realidad nunca había empezado.

Es un engaño muy gentil que nos hacemos a nosotros mismos. Y no solo con dominios.

Lo hacemos con los cuadernos que compramos para escribir y no escribimos. Con los cursos que compramos y dejamos a la mitad. Con los proyectos que anunciamos a los amigos y luego guardamos en silencio. Con las conversaciones difíciles que postergamos porque «ya habrá un mejor momento». Con las personas a quienes queremos decirle algo importante y nunca se lo decimos.

Coleccionamos intenciones como si fueran logros.

No lo digo con juicio — lo digo porque lo reconozco en mí, y porque creo que tiene sentido. Vivir con la idea de algo es más fácil que vivir con la realidad de haberlo intentado. La intención no puede decepcionarte. La ejecución sí.

Coleccionamos intenciones como si fueran logros. Pero las intenciones no cambian nada — ni a nosotros, ni al mundo, ni a la persona que podríamos llegar a ser si por fin empezáramos.»

Este año decidí que Stelle Creativa iba a existir de verdad. No perfecta. No con estrategia completa. No cuando tuviera el diseño ideal o supiera exactamente a dónde va. Sino ahora, desde aquí, con lo que tengo.

Este post es la primera prueba de eso.


Si tienes un dominio renovado sin usar, una libreta en blanco, un proyecto que llevas meses «a punto de empezar» — no te lo digo para que te sientas mal. Te lo digo porque reconozco el patrón y sé que no viene de falta de disciplina ni de falta de ideas.

Viene de que la idea importa demasiado como para arriesgarse a que sea imperfecta.

Y la única forma de salir de ahí es aceptar que lo imperfecto ya empezado siempre valdrá más que lo perfecto que nunca existió.

Esto es Stelle Creativa. Empezó hoy. Ya veremos a dónde llega.


Una nota sobre este espacio: Stelle Creativa es un proyecto de escritura, fotografía y reflexión sobre creatividad, marketing, viajes y las ideas que nos cuesta soltar. No tiene calendario fijo ni promesa de consistencia diaria. Publica cuando tiene algo real que decir.

Si algo de lo que lees aquí resuena contigo, puedes escribirme. Me interesa saber qué proyectos llevas tú renovando en silencio.

xo, Gaby.




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